
Es uno de los momentos más placenteros, y los niños disfrutan tanto del chapoteo como de los juguetes que hay en la bañera. Casi como un juego más, les daremos una esponja bien suavecita y les dejaremos que se laven, mientras les guiamos. Al principio resulta difícil pero sólo es cuestión de tiempo. Ellos, con su esponjita, se frotarán las partes del cuerpo que queden a su alcance, mientras nosotros inventamos un ritual para que no se les olvide ninguna zona, y luego completaremos lo que falte. Pongamos un poco de jabón en sus manitas y que se las enjabone.
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Nuestra actitud debe ser de elogio y apoyo, nada de “Quita, ya lo hago yo que terminamos antes” o “Déjame, que tú lo vas a tirar todo”
Para incentivar y acompañar al niño con el fin de que cada vez pueda hacer más cosas por sí solo, debemos:
- Respetar sus deseos y sus cosas, Si hay que cambiarle las zapatillas porque están viejas o se le han quedado pequeñas y el niño se resiste, tenemos que involucrarle en la compra, llevarle y que elija las nuevas. Debemos darle tiempo hasta que decida tirar las otras y dejar que se queden en su armario aunque ya no las utilice. Hay que esforzarse por ser flexibles y permitirle algunas equivocaciones siempre que no haya peligro. Si quiere ponerse una chaqueta gruesa un día de calor y, a pesar de nuestras explicaciones, insiste, pues que la lleve y luego cargue con ella en la mano.
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Son capaces de lanzar la bola más increíble con la mirada límpida y una total convicción. ¿Cómo debemos reaccionar? ¿Y si se acostumbran a mentir?
“Yo vivo en el trabajo de mi mamá, mi casa está en la oficina de mi mamá”, cuenta una niña de cuatro años a todo el que la quiera oír. Y cuando la madre la reprende: “Anda, ¿cómo dices eso?”, ella contesta: “Anda, tú, mami, di que sí”
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Otra enorme conquista que logran a estas edades es darse cuenta de que sus padres no lo saben todo, no pueden leerles el pensamiento. Lo que el niño piensa es de él y los adultos no tienen acceso a eso, salvo que él lo cuente. Y entonces puede aparecer la mentira como forma de comprobar semejante descubrimiento.
Es decir, las primeras mentiras pueden tener la función de explorar, al ver que poseen una intimidad que pueden contar o reservarse. Así son capaces de negar la evidencia más palmaria: “Mira, otra vez has entrado a casa con los pies mojados”, podemos decir señalando las huellas y ellos: “Que yo no he sido”. Seguir leyendo »
A pesar de que empiezan a entender las intenciones y en muchas situaciones se dan cuenta de que se miente para obtener algún beneficio, hasta los siete años condenan más las falsedades, como las exageraciones, que las mentiras.
Una investigadora cuenta cómo en una investigación se pidió a los niños que dijeran quién, Juan o Pablo, era más mentiroso. Juan, asustado por un perro, iba a casa y decía a su mamá que había encontrado un perro más grande que una vaca. Pablo contaba a sus padres que ese día había obtenido un sobresaliente, aunque no le habían dado ninguna calificación, y sus padres le premiaban. Los de cuatro, cinco y seis años consideraron que lo de Juan era más grave porque se alejaba más de la verdad: un perro nunca puede ser más grande que una vaca.
En cambio Pablo sí podía sacar un sobresaliente. Sólo a los siete años tomaban en cuenta las intenciones y condenaban a Pablo y disculpaban a Juan.

Descubrir que tienen pensamientos inaccesibles para los otros y que pueden influir en los demás con lo que dicen también les permite empezar a pensar en lo que sienten los otros y darse cuenta de que así como se les puede engañar, también es posible agradarles. Para guiarlos es conveniente:
- Hablar de las mentiras siempre haciendo hincapié más en la veracidad que en la verdad. Hay que aclararles una y otra vez que lo importante es creer que lo que se dice es verdad. Se puede estar equivocado y decir una falsedad, pero eso es diferente tira. Cuando decimos lo que creemos que es verdad, somos veraces y queremos que los demás nos crean. Confianza y veracidad son dos ideas nuevas y difíciles. Seguir leyendo »