La paga nunca debe ser elevada, porque lo que se pretende es que el niño aprenda a administrarse y la economía se basa en poder hacer un buen reparto con recursos escasos. Cuando es así, tener una asignación resulta ventajoso; por ejemplo, si llevamos a nuestro hijo al supermercado, podemos advertirle: “Llévate tu dinero por si quieres comprarte algo”. Así no añadimos más gastos a nuestro bolsillo y el niño aprende que tiene pagarse algunos “caprichos” con sus recursos.
En el caso de que se gaste su paga en un muñequito y luego pida chucherías, es el momento de decirle: “No, el próximo día te lo piensas antes y compras las chucherías en vez del muñequito. Tendrás que esperar a tu siguiente paga”. Esto le enseña a priorizar, a esperar y a no comprar sin pensar. Dejémosle que se equivoque: despilfarrar le permite aprender de sus errores. Seguir leyendo »
No hay que pagar a los niños por hacer las tareas de casa: colaborar forma parte de sus obligaciones; la familia debe ser un equipo en el que todos cooperan en la medida de sus posibilidades. Sí podemos, en cambio, darles algún incentivo por una tarea extra, por ejemplo: “Si me ayudas a reorganizar la despensa y tirar los productos caducados, te daré cinco euros de propina”. Cuando los niños ven imposible alcanzar una suma sólo con su asignación semanal, podemos negociar que se ocupen de una tarea no habitual, como por ejemplo, limpiar el coche por dentro. Eso les enseña el valor del trabajo.
Los padres pueden y deben imponer límites a su hijo: que sea su dinero no significa que esté permitido comprar cualquier cosa; por ejemplo, si han decidido que no comerá bollos industriales, deben explicarle que su alimentación es la que ellos marcan y que no puede adquirir esos productos ni siquiera con su propio dinero.
El ahorro
Desde pequeños, deben tener una hucha, así podrán ir viendo que, a base de juntar pequeñas cantidades, pueden conseguir una mayor, 0 sea, que el ahorro consiste en dar importancia a las aportaciones modestas porque pueden llegar a convertirse en una grande. Y eso sólo se consigue a fuerza de paciencia y constancia.
Tan lejos como puedan. La autonomía es una conquista muy ardua. Hay que ayudarles a hacer cosas solos y a creer que pueden hacerlas.
Empezar a caminar es el principio de la independencia y como a la vez también se vuelven más hábiles con las manos, están listos para la acción. Claro que sus acciones tendrán inconvenientes, serán torpes, serán lentas… Pero de la paciencia y la confianza de los adultos dependerá no sólo que cada vez se vuelvan más hábiles, sino que tengan o no confianza en sí mismos.
Es una actividad complicada en la que ponen mucho empeño a los tres años. A esta edad les gusta mucho hacerlo solos. Para simplificarles la tarea, podemos colocar sobre una silla las prendas en el orden en que tiene que ponérselas o bien, tomarnos un ratito y, junto con el niño, dibujar los pasos en una cartulina que luego pegaremos en el armario o la pared.
La ropa interior. Las primeras veces les ayudaremos a meter las piernas en las bragas o los calzoncillos y dejaremos que ellos tiren hacia arriba. Cuando el niño pueda ponerse las perneras solito, bastará con darle la ropa en la posición adecuada explicándole que la etiqueta siempre va hacia atrás o cómo darse cuenta de cuál es la parte de atrás.
Es probablemente la actividad que más preocupa a los padres. El niño se pone perdido, el sitio queda peor y encima tenemos la duda de si habrá comido lo suficiente. Y luego está el factor tiempo, es capaz de tirarse una hora pinchando los macarrones uno a uno. Hay que tomarlo con mucha calma, forma parte la educación.
Tal vez nos ayude saber que si se queda con hambre, pedirá más. No come menos porque dejemos comer solo. Y el tiempo y la limpieza perderán importancia si pensamos en lo que quiere y puede hacer sin ayuda. Coger comida llevársela a la boca es un enorme paso adelante en la supervivencia de alguien que hasta e momento sólo podía llorar y esperar pasivamente a ser alimentado. Además, está conociendo, ya huele, gusta y se relaciona con ese objeto tan rico que es la comida. Seguir leyendo »
Es uno de los momentos más placenteros, y los niños disfrutan tanto del chapoteo como de los juguetes que hay en la bañera. Casi como un juego más, les daremos una esponja bien suavecita y les dejaremos que se laven, mientras les guiamos. Al principio resulta difícil pero sólo es cuestión de tiempo. Ellos, con su esponjita, se frotarán las partes del cuerpo que queden a su alcance, mientras nosotros inventamos un ritual para que no se les olvide ninguna zona, y luego completaremos lo que falte. Pongamos un poco de jabón en sus manitas y que se las enjabone.
Nuestra actitud debe ser de elogio y apoyo, nada de “Quita, ya lo hago yo que terminamos antes” o “Déjame, que tú lo vas a tirar todo”
Para incentivar y acompañar al niño con el fin de que cada vez pueda hacer más cosas por sí solo, debemos:
Respetar sus deseos y sus cosas, Si hay que cambiarle las zapatillas porque están viejas o se le han quedado pequeñas y el niño se resiste, tenemos que involucrarle en la compra, llevarle y que elija las nuevas. Debemos darle tiempo hasta que decida tirar las otras y dejar que se queden en su armario aunque ya no las utilice. Hay que esforzarse por ser flexibles y permitirle algunas equivocaciones siempre que no haya peligro. Si quiere ponerse una chaqueta gruesa un día de calor y, a pesar de nuestras explicaciones, insiste, pues que la lleve y luego cargue con ella en la mano.
Son capaces de lanzar la bola más increíble con la mirada límpida y una total convicción. ¿Cómo debemos reaccionar? ¿Y si se acostumbran a mentir?
“Yo vivo en el trabajo de mi mamá, mi casa está en la oficina de mi mamá”, cuenta una niña de cuatro años a todo el que la quiera oír. Y cuando la madre la reprende: “Anda, ¿cómo dices eso?”, ella contesta: “Anda, tú, mami, di que sí”
Otra enorme conquista que logran a estas edades es darse cuenta de que sus padres no lo saben todo, no pueden leerles el pensamiento. Lo que el niño piensa es de él y los adultos no tienen acceso a eso, salvo que él lo cuente. Y entonces puede aparecer la mentira como forma de comprobar semejante descubrimiento.
Es decir, las primeras mentiras pueden tener la función de explorar, al ver que poseen una intimidad que pueden contar o reservarse. Así son capaces de negar la evidencia más palmaria: “Mira, otra vez has entrado a casa con los pies mojados”, podemos decir señalando las huellas y ellos: “Que yo no he sido”. Seguir leyendo »
A pesar de que empiezan a entender las intenciones y en muchas situaciones se dan cuenta de que se miente para obtener algún beneficio, hasta los siete años condenan más las falsedades, como las exageraciones, que las mentiras.
Una investigadora cuenta cómo en una investigación se pidió a los niños que dijeran quién, Juan o Pablo, era más mentiroso. Juan, asustado por un perro, iba a casa y decía a su mamá que había encontrado un perro más grande que una vaca. Pablo contaba a sus padres que ese día había obtenido un sobresaliente, aunque no le habían dado ninguna calificación, y sus padres le premiaban. Los de cuatro, cinco y seis años consideraron que lo de Juan era más grave porque se alejaba más de la verdad: un perro nunca puede ser más grande que una vaca.
En cambio Pablo sí podía sacar un sobresaliente. Sólo a los siete años tomaban en cuenta las intenciones y condenaban a Pablo y disculpaban a Juan.